Construimos nuestra vida sabiendo que alguien puede rompernos los moldes. Igual que los arquitectos construyen edificios sabiendo que si el viento sopla con suficiente fuerza puede tumbarlos. Y a veces sucede así.

                                                                                

Hay personas que se enquistan, literalmente. Son el tipo de persona que llega por azar, en el momento preciso. Son personas adictas a los actos casuales, un tómalo o déjalo. Pero nadie te avisa de que si decides cogerlo no vas a poder soltarlo nunca más.

Tienen el poder de sacarte de ti mismo, de despertar tus sentimientos más oscuros y escondidos. Los que ni siquiera sabías que existían. Pueden encender la caja entera de cerillas con sólo estar cerca. Como el tabaco, como el alcohol, como todas las drogas, no sabes cómo dejarlas. No quieres dejarlas, en realidad. Te armas de valor y te repites día tras día que esa será la última vez. Hasta que parece que lo ha sido.

Pero, por suerte o por desgracia, el pasado siempre vuelve, para recordarte que está ahí. Y vuelve como esa persona, de noche, una noche. La noche es exactamente igual, te confunde, te hace pensar que nunca más será de día, que esas horas durarán eternamente. Y caes. Caes en picado hacia un lugar del que poca gente vuelve sana y salva.

De pronto vuelven las miradas, el baile de máscaras, la barra de hierro ardiendo que te quema las manos si la sostienes demasiado tiempo. Hasta que te quemas. Y mientras te quemas desearías poder quemarte por el resto de tu vida. Firmarías el ingreso directo en la unidad de quemados si pudieses hacerlo durar diez minutos más. Porque es esa persona, y tú sabes perfectamente quien es, sabes de quien hablo.

mascara

Y mientras tú juegas con fuego, se enquista un poco más. Un poco más hondo, un poco más profundo. Un poco más en ti. Sabes que si abres los ojos nada será igual, así que los aprietas con todas tus fuerzas. Sabes que hay cosas que no funcionan con luz.
A ti siempre se te ha dado mejor bailar en la oscuridad. La oscuridad es más fácil de difuminar.

No puedes escapar a tus propios instintos. No habrá gente suficiente en tu vida para evitar que vuelvas a lo que eres. No se ha inventado la estabilidad que te ancle a lo que debes. Hay cosas que se llevan dentro, mucho más adentro de la piel, mucho más adentro del corazón, mucho más allá del alma.

Después de esa noche volverás a la normalidad, a tu normalidad prefabricada y llena de luz. Fingirás que nada ha pasado.  Pero al fin y al cabo, no hay velo más transparente que el del propio engaño. Los velos nunca son lo suficientemente tupidos como para esconder lo que tú te mueres por ver.

bb

Hay personas que nos elevan, que nos llevan alto, muy alto, más arriba, para luego soltarnos. Y nos tatuamos el sabor de la caída, por más que duela el golpe final. Son personas a las que no tenemos que decirles a dónde queremos llegar, porque lo saben. No es necesario establecer límites, porque siempre te empujarán más allá de estos.

Son los ojos mejor pintados, los  besos de refilón, ese olor, los brazos en el aire, las miradas desde el otro lado de la barra. Son todo lo que sabes que no puedes hacer, son la excepción a la regla. Son tu nunca más y tu he vuelto a caer. Son tus ganas, que despiertan con más fuerza cuanto más tiempo las dejas dormir.

Son tus cinco minutos más y las manillas del reloj que girarías hacia atrás una y otra vez. Son lo que imaginas, lo que te despierta en mitad de la noche.Son el número que borras pero le pides a alguien que guarde y las fotos del último cajón de la estantería.

Son un sírvete tú mismo y las copas llenas hasta arriba. Son las camas en las que no deberías meterte, las sábanas que se enredan y no te sueltan. Son todos los espejos y los amaneceres más incómodos. Son la última mirada antes del desastre y el primer trueno antes de una tormenta.

Son la cara de la moneda que querías que saliese, la última calada de un cigarro, el sonido del cerrojo. Son las puertas entreabiertas, el instante decisivo antes de cruzar y los móviles apagados. Son el riesgo, la adrenalina, la cuerda que no puedes soltar, el peligro inminente de volar tu vida por los aires. Son tu zona cero, una bala bien encaminada. Son el silencio tras un choque frontal, son un eclipse. Son el secreto mejor guardado y las más duras vueltas a la realidad.
Son las personas que se enquistan.

Son el viento que sopla demasiado fuerte.

 

ECGXIII.