Hay dos miradas: La mirada del cuerpo puede olvidar a veces,
pero la del alma recuerda siempre
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– Alejandro Dumas

Hay quien dice que el alma no existe, que venimos de ninguna parte y nos dirigimos a ningún lugar, que cuando morimos simplemente es como si alguien bajase los plomos.
Nos apagamos. Así. Pum. Y ya está.

También hay quien dice que el alma es lo que queda de nosotros cuando morimos, lo que va al cielo o al infierno dependiendo de lo que hayamos hecho en la vida. Otros piensan que el alma está unida al cuerpo y que muere en el mismo momento en el que morimos nosotros. Otros que el alma es algo exclusivo del ser humano y otros que incluso las plantas la tienen.

Yo no sé ni siquiera si se llama así.
Sólo sé que, si no es el alma, hay algo que se le parece mucho.
Para simplificar, sigamos llamándolo así: alma. Y digamos que existe.

Yo creo que existe porque duele. Porque puede llegar a doler mucho más que un hueso roto, más que un pellizco, más que un ataque de apendicitis a las tres de la mañana, más que un puñetazo en la cara.

No se rompe con facilidad, porque está diseñada para resistir los golpes más fuertes. Pero, cuando se rompe, cuando se abre una brecha…es probable que nunca más se cierre del todo.

Por eso tenemos agujeros en el alma.
Agujeros de los cuadros que hemos tenido que ir descolgando de nuestra vida porque ya no pegaban con el decorado. De bala de esa persona que nos rajó la vida de arriba a abajo para dejar claro que estuvo ahí y que, por supuesto, no volverá nunca. De la muerte a nuestro alrededor, del amigo que nos traicionó y del que simplemente se fue. Agujeros de las cosas de las que nos dimos cuenta demasiado tarde y de las que todavía nos negamos a aceptar.

Nuestras vidas son mucho más complicadas de lo que jamás llegaremos a reconocerle a nadie. Todos queremos ser extraordinarios, todos procuramos mostrar nuestra mejor versión. Todos queremos demostrarle al mundo que podemos con todo. Nos convencemos a nosotros mismos de ello, creamos un caparazón. Y a veces funciona. Pero, cuando ni todo eso es suficiente para aplacar el dolor, es porque de verdad nos duele el alma.

Tenemos agujeros de las expectativas que creamos y que luego nunca fueron, de apuntar alto con la intención de nunca caer bajo. Agujeros de lo que se nos quedó grande y de las cosas pequeñas que se van y de pronto echamos en falta. Incluso de esa gente que llega a nuestra vida para quedarse el suficiente poco tiempo como para convertirse en un “y si”, en un agujero más.

Con el alma rota caminas al filo de una navaja, las noches se parecen al infierno y las mañanas harían mejor en desaparecer. Seguro que sabes de lo que hablo.

Pero, precisamente por esto, porque las almas se rompen, sabemos que el dolor viene del mismo pozo que la alegría. Porque donde hay tristeza, previamente hubo felicidad. Porque si no, no sabríamos lo que es.

Porque para caer bajo hay que haber llegado alto.
Porque los agujeros no se hacen en el vacío.
Porque sin alma no habría agujeros, y sin agujeros no habríamos vivido.

Sin agujeros no recordaríamos nada.
Y, aun con todo esto, hay agujeros que merece la pena no tapar.

ECGXIII.