Hay personas así.

Que llegan por azar, en el momento preciso.
Adictas a los actos casuales, un tómalo o déjalo.

Que se van, pero siempre vuelven, de noche, una noche.
Que te hacen pensar que nunca más será de día, que esas horas durarán eternamente.

Y caes.
En picado.

De pronto vuelven las miradas, el baile de máscaras, la barra de hierro ardiendo que te quema las manos si la sostienes demasiado tiempo.

Y te quemas, muy adentro.
Mucho más adentro de la piel, mucho más adentro del corazón, mucho más allá del alma.

Son personas que nos elevan, que nos llevan alto, muy alto, más arriba…
Para luego soltarnos.
Y nos tatuamos el sabor de la caída, por más que duela el golpe final.

Son tu nunca más y tu he vuelto a caer.
Son tus ganas, que despiertan con más fuerza cuanto más tiempo las dejas dormir.

Son tus cinco minutos más y las manillas del reloj que girarías hacia atrás una y otra vez.
Son lo que imaginas, lo que te despierta en mitad de la noche.

Son las camas en las que no deberías meterte, las sábanas que se enredan y no te sueltan.
Son la última mirada antes del desastre y el primer trueno antes de una tormenta.

Son la cara de la moneda que querías que saliese, las puertas entreabiertas.
Son el riesgo, la cuerda que no puedes soltar, el peligro inminente de volar tu vida por los aires.

Son el secreto mejor guardado y las más duras vueltas a la realidad.
Son el viento que sopla demasiado fuerte. 

ECGXIII.