Nacemos, vivimos, nos reproducimos y morimos.
Lo que venga después de la muerte, es personal.

Pero yo, personalmente, añadiría una etapa: la de la mecedora.

Es ese momento en el que, habiendo superado ya las tres cuartas partes de tu vida y siendo perfectamente consciente de ello, te sientas en una mecedora y te concedes el placer de mirar atrás.

Un día estarás ahí sentado y mirarás tus manos apoyadas en los reposabrazos y, con un poco de suerte, te acordarás de todas las veces que esas mismas manos se alzaron cuando oíste aquella canción que te recorría el cuerpo como una descarga eléctrica.

Recordarás las veces que tus manos se posaron sobre las suyas haciendo que, por un momento, todo lo demás no significase nada. Recordarás que esas manos acariciaron su cara y otros rincones que sólo ellas conocen. Recordarás que, si alguien quiere saber lo que es la pasión, debería preguntarles a ellas.

Recordarás que esas mismas manos han escrito, han tocado un piano, una guitarra, un violín y cogieron un bebé en sus primeros segundos de vida.

Recordarás todos los tratos que cerraste, cada golpe y cada cigarrillo. Cada copa helándote los dedos. Y, si no eres capaz de recordarlo todo, ellas harán memoria por ti. Cada arruga y cada cicatriz esconderán en sí mismas un pequeño instante de tu vida. Te recordarán todo lo que has hecho antes de sentarte en esa mecedora.

Te mirarás los pies cansados y verás cada paseo por la playa, cada mañana que tuviste que andar hasta el trabajo, cada salto que diste en aquella fiesta, cada patada a un balón. Te recordarán cada baile y, sobre todo, aquel baile. Te recordarán cada vez que pisaste el acelerador porque no llegabas y cada frenazo porque no estabas preparado para llegar.

Te recordarán saltando a la comba en el patio del colegio y jugando al futbol con tus amigos. Te recordarán cada vuelta a casa y ese placer al quitarte los zapatos. Te recordarán la sensación de quitarte las botas de esquí tras un día fundiendo las pistas. Te recordarán que el movimiento se demuestra andando y que se hace camino al andar.

Algún día estaremos en esa mecedora. Tú, yo, todos. Haciendo balance de lo que hemos vivido, de lo que podemos contar y de lo que sólo podemos guardarnos para nosotros.

Por eso, ahí va un reto:

Te reto a que hoy, sin decir “mañana lo hago”, hagas eso que llevas dos meses sabiendo que tienes que hacer. Hazlo, porque algún día serás viejo y, aunque ahora no lo creas, cada “mañana lo hago” pesará.

Te reto a que persigas, cueste lo que cueste, el sueño que no te deja dormir. Porque, lo consigas o no, algún día serás viejo y podrás contar, al menos, que lo intentaste.

Te reto a que le digas de una vez a esa chica que tu vida ha empezado a tener más sentido desde que ella llegó. Hazlo, porque algún día serás viejo y, con un poco de suerte, tus manos todavía se posarán sobre las suyas en esa mecedora.

Te reto a que te tragues ese orgullo y le digas a tu madre, a tu padre, a tu hermano, a tu amigo, que les quieres. Porque algún día serás viejo y te acordarás de ellos, pero aún más de todas las veces que no se lo dijiste.

Te reto a que cojas tus cosas, salgas por la puerta de casa y hagas ese viaje con el que llevas soñando toda tu vida. Te reto a que llames a tus amigos y arregléis el mundo, cojáis el coche y os vayáis a la aventura. Porque un día serás viejo y te acordarás de todos ellos, aunque ya no estén en tu vida o no fuesen tan amigos como pensabas.

Te reto a que mandes a la mierda todas las cosas que no te dejan ser feliz en esta vida y que tú mismo sabes que ya no necesitas. Porque si hay algo más allá de la mecedora, te podrás reír de todo eso desde allí. Atrévete, porque un día serás viejo, y cuando seas viejo te importará un bledo lo que piense la gente de lo que hiciste.

Te reto a que no pares, a que dejes que tus manos y tus pies tengan siempre algo que contarte.

Porque un día serás viejo. Y cuando seas viejo y estés ahí sentado, todo lo que hayas hecho en tu vida marcará una diferencia.

Te reto a que tengas una buena historia que contar.

ECGXIII.