Me he dado cuenta de una cosa:

Estamos mal hechos.

Si, fatal hechos.

 

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Nos pasamos la vida perdiendo cosas. Pero gracias a ello sabemos lo que se siente cuando recuperamos algo.

Nos despedimos, pero siempre con la esperanza de volvernos a encontrar. Todos hemos querido convertir un adiós en un hasta luego. Y todos hemos sentido ese “algo” diciendo un ¡cuánto tiempo!.

No hay abrazos más fuertes que los que se dan cuando parecía que no iba a haber más abrazos. Hemos encontrado la manera de hacernos daño para después sentir el placer de curarnos.

Hemos descubierto el método de herir a alguien tan profundamente que cuando nos perdonan no hay palabras que valgan un gracias. Hemos encontrado la fórmula de la calma después del caos.

Hace tiempo aprendimos a buscar problemas donde no los hay para no tener que solucionar nada en absoluto y sentirnos orgullosos de nosotros mismos porque sí.

Sabemos pasarnos años preocupándonos por cosas que no tienen importancia para, el día que de verdad nos pasa algo grande, poder mirar atrás y decir “ahora sí”.

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Se nos da fenomenal dejar gente en el camino, porque pasados los años sabemos no acordarnos de lo malo y así tener la sensación de que al final sólo queda lo bueno. Siempre hay algo bonito en cada echar de menos.

Perdemos lo que tenemos, incluso a propósito, porque siempre necesitamos que alguien nos recuerde lo que de verdad queremos.

Nos inventamos motivos para estar tristes porque hemos llegado a encontrar el punto de placer en el dolor. Hemos aprendido a saborear el blues de un cigarro con Sabina de fondo a las tres de la mañana mientras libramos nuestra propia batalla personal.

Retrasamos lo que no queremos que llegue, porque nos hemos convencido de que no somos capaces de hacerlo. Porque así, cuando inevitablemente llega, somos también capaces de demostrar que no éramos tan débiles. Que somos capaces de todo.

Destruimos lo que nos rodea. Eso se nos da muy bien. Lo hacemos a posta y también sin querer. Porque nunca está de más sacar pecho cuando terminamos de reconstruir algo.

Llegamos tarde porque así nos reafirmamos en la idea de que más vale tarde que nunca. Porque quien ríe último, se supone que ríe mejor.

Sentimos la necesidad imperiosa de querer a alguien que no nos quiere en algún momento, porque a fin de cuentas no hay conciencia más tranquila que la de quien lo ha puesto todo por su parte. Por mi que no haya sido.

Nos comportamos como si no quisiéramos a la gente sólo para descubrir qué se siente cuando en mitad de la noche te das cuenta de que en realidad no quieres vivir sin ella. O sin él.

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Hacemos lo que siempre prometimos que no haríamos porque es la única manera en la que aprendemos a conocernos a nosotros mismos, a saber hasta dónde somos capaces de llegar. La tentación es un espejo en el que nos miramos y siempre nos sorprendemos.

Decimos “no puedo” porque solamente nosotros podemos retarnos a nosotros mismos a hacer lo que nunca imaginamos que podríamos hacer. Porque nos encanta convertir ese no puedo en un lo conseguí.

Somos capaces de creer en lo que no podemos ver ni tocar, porque es nuestra manera particular de llenar el vacío.

Cuando algo va mal nos alejamos de la gente que queremos, porque es nuestra manera de hacerles entender que queremos estar cerca. Porque en la contradicción hemos encontrado todas las explicaciones que no sabemos dar con palabras.

Utilizamos las palabras más duras con la gente que más nos importa pretendiendo hacerles entender lo importantes que son. Y nos regocijamos en cada “sé que lo haces por mí”, colgándonoslo como una medalla en la solapa de la chaqueta.

Le quitamos importancia al amor porque escondiéndonos de él es como hemos aprendido a dejar que nos encuentre. Porque cuanto más te niegas a querer, más gente te pone la vida en el camino para que quieras.

Nos vamos de los sitios porque sabemos que no hay nada como volver. Llegamos a dolernos a nosotros mismos cuando no nos duele nada porque creemos que sólo se aprende llorando y apretando los dientes. Cometemos el error de pensar que lo bueno es lo que pasa mientras no pasa lo malo.

Nos dejamos caer a toda velocidad porque no hay mejor sensación que la de retomar el vuelo, ir cogiendo altura, y volver a mirar desde arriba en busca de otro agujero hacia el que precipitarnos cuesta abajo y sin frenos.

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Jugamos hasta el final porque ganar no sabe igual si no corres el riesgo de perder. Porque saber lo que podemos dejar de tener lo hace todo mil veces más excitante.

Preferimos que nos quieran a que nos necesiten, porque querer algo nos hace libres, necesitarlo nos ata de pies y manos. No hemos inventado nada mejor que darle al otro la opción de elegir. Eso nos hace automáticamente más valiosos, cuando lo más fácil sería hacernos imprescindibles.

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El único motivo real por el que queremos desaparecer es para que alguien nos eche en falta y nos pida que volvamos. Por eso nadie quiere morir, porque nadie quiere estar solo, nadie quiere no poder volver. Y por eso siempre volvemos, aunque no queramos.

Nos gusta estar a punto de, porque el vértigo del peligro nos enciende el alma, porque el calor de jugársela cerca del fuego nos hace sentir vivos.

Buscamos un constante equilibro porque el frío del nunca hace que queramos el calor del siempre. Y así nos pasamos la vida, entre un todo y un nada que pretende ser algo.

Nos inventamos el vacío para darle realismo a lo que existe. Ponemos nombres y etiquetas a las cosas porque de lo que no se habla no existe y todo lo que existe necesita un por qué.

Por eso nos cuesta tanto tener fe, pero aunque no seamos conscientes nunca dejamos de tenerla. Y no hablo de religión, hablo de fe. Hablo de desear con todas tus fuerzas que algo que aún no ha ocurrido y que no sabes si ocurrirá, ocurra. Y así haber estado en lo cierto.

Estamos mal hechos, pero somos extraordinarios. Somos extraordinarios precisamente por eso.

Porque si nos falta algo nos lo inventamos, porque seguimos buscando cuando parece que no hay nada que encontrar, porque seguimos queriendo aún cuando sabemos que se ha acabado. Porque hemos inventado las causas perdidas para justificar las cosas que defendemos sin sentido alguno.

Porque seguimos intentando chuparnos el codo a sabiendas de que nunca lo conseguiremos. Porque hemos dejado claro que no hay muros lo suficientemente altos cuando tenemos ganas de saltar ni baches lo suficientemente pequeños cuando no queremos movernos.

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Porque aún después de leer todas estas incoherencias, seguiremos haciendo exactamente lo mismo y aún así encontraremos la manera de decir en algún momento de nuestra vida que somos felices.

Y sólo eso se merecía un post.

ECGXIII.