Un día alguien me dijo que la guerra estalla cuando menos te lo esperas.
Que el enemigo nunca avisa y que, si puede, te pilla cuando eres feliz, cuando no estás preparado para la catástrofe.

Un día alguien me dijo qué hacer cuando suenan las trompetas y se cargan los cañones. Me dijo que no hay mejor plan de ataque que conocer como la palma de tu mano cuáles son tus fortalezas, pero, sobre todo, cuáles son tus debilidades. Porque cuando sabes dónde está una cosa, también aprendes a esconderla donde nadie pueda encontrarla.

Esa misma persona me dijo que fuese a mi arsenal y que, de entre todas las espadas, arcos, escudos y ballestas, cogiese lo mejor. No importa que sean armas viejas y oxidadas, pues uno siempre encuentra la manera de volver a sacarles brillo. Y eso es lo que hay que hacer: sacarle brillo a las espadas, afilar las flechas y poner a punto las ballestas. Quitarle el polvo a la armadura y dejarla reluciente. Brillar hasta cegar.

Y los soldados.
También me habló de los soldados.
Me dijo que con el paso del tiempo aparecen personas que, llegado el momento, siempre estarán dispuestas a formar parte de la primera línea de batalla. Que, aunque haya pasado el tiempo, harán suya tu causa y la defenderán como si fuese propia, sin necesidad de ser llamados para ello.

Por eso son importantes los soldados, porque cualquier capitán que se precie está siempre rodeado de hombres valientes, cuchillo en mano, esperando el grito de guerra. Porque sabrás que has hecho algo bien en la vida cuando el disparo que te llegue por la espalda atraviese antes a otra persona que a ti.

Me contó que las más grandes guerras no se han librado en los campos de batalla. Que a luchar se aprende luchando, que hay heridas que se cierran, y otras que no. Dijo que amigo es el que avisa y que en esta vida no te avisa casi nadie. Por eso hay que escuchar bien, porque no hay más sordo que el que no quiere oír.

Me explicó que los hilos de los que colgamos se rompen a veces, que los motores fallan, que los corazones se paran y que los ojos se cierran, que los aviones se caen y que hay balas que son invisibles. Pero hay cabezas que siempre se mantienen altas, pase lo que pase, pase quien pase, pase lo que no pase. Porque a veces ese es el problema: que las cosas no pasan. Y ya está.

Y así fue cómo aprendí que, en la vida, a veces, hacemos dos carreras, y comprendí cuál era la importante. Lo comprendí porque cuando vas a la guerra no hay papel que valga. Porque aquí no sólo se pelea con las manos y hasta la paz hay que lucharla.

También me dijo algo de las trincheras. No lo recuerdo bien, pero creo que vino a decirme que los guerreros de verdad luchan en campo abierto, de frente, a cara descubierta y con los dientes apretados. Dijo que en las trincheras sólo hace frío y está oscuro.

Me dijo que de todo se aprende y que, a veces, la mejor arma que puede fabricarte un herrero es un buen consejo. Que no somos los primeros ni los últimos y que los últimos, a menudo, sí son los mejores.

Me dijo que hay que ser un junco, que hay que aprender a doblarse hasta el suelo y volver a subir. Me recordó que los robles se acaban partiendo por la mitad.

Y aprendí que una retirada a tiempo es una derrota. Que irse de los sitios por la puerta de atrás cuando las cosas se ponen feas es de mala educación.

Siempre hay que morir matando.

 

Dedicado a I.B., herrero sin cucharas de palo.

ECGXIII.