A veces

“Some birds are not meant to be caged, that’s all. Their feathers are too bright, their songs too sweet and wild. So you let them go, or when you open the cage to feed them they somehow fly out past you. And the part of you that knows it was wrong to imprison them in the first place rejoices, but still, the place where you live is that much more empty for their departure.” – Stephen King

Algunos pájaros no están hechos para estar enjaulados, eso es todo. Tienen plumas demasiado brillantes, su canto es demasiado dulce y libre. Así que, o les dejas ir, o, cuando abres la jaula para darles de comer, se las arreglan para escapar volando. Y la parte de ti que en el fondo sabe que era un error tenerlos cautivos se alegra, pero el lugar en que vives se vuelve mucho más triste tras su partida.” – Stephen King

Me habían hablado de ti.

Me habían contado que, tiempo atrás, tiraste las maletas por la ventana y metiste tu casa en cuatro cajas para saltar desde el tejado. Me contaron que un buen día decidiste no guardar más de lo que siempre pudieras llevar contigo. Que te fuiste, que tiraste las llaves detrás de ti, y nunca volviste a buscarlas.

Me dijeron que ahora haces mortales hacia atrás en charcos ajenos y te tiras de cabeza en camas que no cubren. Decían las malas lenguas que tenías un ‘todo al rojo’ tatuado al final de la espalda y un ‘no te líes’ en la frente.

Me habían contado que las estaciones no pasaban por ti y que tus trenes no entendían de vueltas. Que solo conjugabas en pasado y presente y no hacías buenas migas con el futuro. Que en tus amaneceres solo cabías tú y que en tu coche no había sitio para más historias de noches que prometen mañanas con desayuno doble y cigarros al sol.

Me lo avisaron. Que volabas alto y sin copiloto y tu única tripulación eran tus antojos. Que tus salidas de emergencia en realidad no eran salidas. Que de ahí no hay quien salga. Que volabas. Que si yo sí, tú más. Siempre más.

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Eso decían.

Pero yo, Master en Kamikazes por la Universidad del Ni Caso, me lo jugué todo al número de la noche que te conocí. Así, sin mirar. Porque para qué iba a mirar, cuando podía verte a ti. A ti, metiendo sexta y traspasando la línea que separa el espacio del tiempo y lo real de lo que solo saben hacer las personas como tú. A ti, que se te habían roto los para siempres después de beberte unos cuantos nuncas. A ti, que también me avisaste. A ti, que no te quise escuchar.

Y así fue.

Así fue cómo le robamos el mes de abril a Sabina y nos hicimos lo que la primavera hace con los cerezos. Así nos cortamos las cuerdas, como dos locos de atar. Treinta veces, treinta noches con sus días, en treinta sitios con sus gentes, en treinta minutos con sus segundos.

Y ahora…A veces…

A veces me pongo valiente. A veces recuerdo que fui, fuiste y fuimos. Los mejores.

A veces me pican los motivos y me sobra la curiosidad por volver a ese sitio al que prometimos no llevar a nadie más, como si pudiésemos prometer en nombre de lugares que no nos pertenecen. A veces suele ser más que a veces.

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A veces hago un doble mortal hacia atrás y se me olvida que no hay fondo, y me encuentro derrapando en esa curva que se te dibujaba en la cara cuando recorría con los ojos la recta que iba de tu cabeza a tus pies.

A veces juego contigo al escondite aunque tú no lo sepas y de cuando en vez te encuentro más de lo que debería en lugares que ninguno de los dos deberíamos conocer. A veces subo esquinas y doblo escaleras sólo por miedo a no saber qué diría mi guitarra si le vuelvo a pedir que cuente otro de nuestros encontronazos. Mis canciones nunca fueron capaces de reconocer que detrás de sus letras te escondías tú.

Y a veces, también, me acuerdo de que tú eres así.
Como los pájaros de Stephen King.
De esos que no entienden de jaulas.
De los que vienen de paso.
De los que pasan sólo una vez.

Pero, a veces, si lo haces bien, una vez es suficiente.

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ECGXIII.