Querido Yo,

Antes de empezar esta carta quisiera decirte que hace tiempo que pienso en escribirla. Hace tiempo que pienso en decirte lo que nunca te he dicho y tú esperabas que te dijera.

No alegaré en mi defensa que ha sido por falta de tiempo, los dos sabemos que cuando alguien quiere hacer algo, encuentra la manera de hacerlo. Simplemente no he visto el momento. Supongo que he estado demasiado ocupado escuchando todo lo que la gente tenía que decir. Supongo que les he dejado hablar, esperando a que este día llegase. Y finalmente ha llegado.

Ha llegado el momento de darte las gracias.
Sí, gracias por haberme traído hasta aquí.

Y perdón.
Porque sé que en muchas ocasiones he intentado retenerte en las batallas que decidiste librar con los ojos cerrados y sin importarte la opinión de quienes pensaban que nos íbamos a estrellar. He sido yo, muchas veces, quien no ha sido capaz de confiar en ti.

Sí, yo también les vi. Vi a todas esas personas echando la mirada al cielo mientras les contábamos nuestros planes. Las vi, y en muchas ocasiones me dejé llevar por esas miradas.

¿Te acuerdas de aquel trabajo de mierda? Fui yo quien te encerró en aquella habitación que tan poco te gusta y que se llama conformismo. No quería escuchar lo que tenías que decirme, no quería escucharte decir que nos merecíamos mucho más, que podíamos hacerlo mucho mejor, que no era por esto por lo que tanto habíamos peleado. Tenías razón.

Gracias por no haberme abandonado, gracias por haberte armado de paciencia y haberme abierto la puerta el día que, por fin, me di cuenta de que si me lo propongo puedo ser, y somos, los mejores.

También fui yo quien casi no llama a aquella chica que conocimos en ese bar de mala muerte de madrugada. Gracias por dejar que nos llamasen locos. Infinitas gracias por no hacerme caso, infinitas gracias por todas las madrugadas que vinieron después. Gracias por cada baile al amanecer, gracias por abrirme los ojos, gracias por abrirme el corazón. Gracias por reírte en la cara de la vergüenza y ponerle nombre y apellidos a aquella chica, que resultó ser capaz de entenderte incluso mejor que yo.

Gracias por haberme arrancado de la boca aquel “lo siento”. Gracias por haber tenido la humildad de darte cuenta de que la vida, si no es compartida, es un coñazo.

Gracias por no haberme dejado alejarme de las manos que siempre están ahí para cogernos al borde de los precipicios de los que a menudo nos quedamos colgando. Gracias por dejarme contar personas excepcionales con los dedos de una mano. Gracias, porque, aunque él ya no esté entre nosotros, sé que se está riendo desde ese lugar al que van los buenos cuando se van. Y está orgulloso de nosotros.

Recuerdo ver los años pasar mientras te intentaba convencer de que aquí estábamos bien, de que por ahí fuera no se nos había perdido nada. Lo siento, porque casi consigo que te pierdas aquel atardecer en aquella cala y sé que nunca nos lo habrías perdonado. Gracias por obligarme a recorrer 10.000 km y hacerme comprender que el mundo es demasiado grande como para quedarse siempre en el mismo sitio. Gracias por hacer que aquella aventura fuese el comienzo de un largo viaje que espero no acabe jamás.

Fuiste tú quien nunca tuvo miedo al qué dirán, fuiste tú el primero de los dos en comprender que nuestras decisiones son nuestras y que dejar que los demás las tomen por nosotros es una buena manera de arruinarse la vida. Gracias por haber tenido los cojones que yo no tenía, gracias por habernos dejado tener, como decía Kapuściński, el mejor oficio del mundo. Gracias porque ahora, años después, las miradas de decepción que vimos ese día se han convertido en miradas de orgullo y hemos hecho un gran trabajo.

Querido yo, yo también estoy orgulloso de ti.
Puede que no lo comprendas, pero es ahora, a estas alturas del cuento, cuando me paro a pensar en ti y hago las paces contigo. Es ahora cuando nos miro al espejo y me doy cuenta de que siempre has estado ahí, incluso las veces que yo no he querido verte.

Tus intuiciones han estado ahí para llevarle la contraria a mis dudas y tu cabezonería se ha peleado a capa y espada por conseguir que, hoy en día, seamos lo que somos. Gracias a ti, que has sabido escuchar a las personas adecuadas, que has sabido hacer oídos sordos a los consejos que no eran para nosotros…gracias a ti hemos llegado hasta aquí.

Gracias a ti tenemos algo que ofrecer a las personas que, igual de pacientes que tú, nos han cuidado mientras esperaban a que yo me sentase a hablar contigo.

Y perdóname de antemano, porque sé que volveré a no escucharte.
Pero también sé que aquí el más fuerte de los dos eres tú.

 

ECGXIII.