Cuando trabajas detrás de la barra de un bar entiendes que los libros no son lo único que se puede leer. Al cabo de un tiempo aprendes a leer en los ojos de la gente.

Sabes perfectamente qué tipo de alcohol necesitan para curar las heridas, reconoces rápidamente ese brillo especial en la mirada de quien pagaría porque la noche no acabase nunca y aprendes a diferenciar entre quién quiere volver a casa y quién ha tirado las llaves al fondo de algo más profundo que el fondo del mar.

Aprendes a bucear en la vida de las personas y a veces llegas allí donde las anclas se agarran a las piedras y la arena lo cubre todo. Allí donde la luz del sol no llega y los deseos se convierten en secretos y los secretos jamás contados saben a sal y escuecen las heridas.

Te das cuenta de que la confianza es como una bombona de oxígeno que damos a aquellas personas que merecen bajar hasta allí, hasta el fondo. Y que hay quien se ahoga por bajar demasiado deprisa o por utilizar todo ese aire para señalar con el dedo los arañazos de la parte de nuestro barco que queda cubierta por el agua. Golpes nos hemos dado todos y un mal día de pesca lo tiene cualquiera.

Aprendes que hay que tener cuidado con los caprichos, pues van y vienen con la marea y empujan a los barcos hacia las rocas más afiladas. Entiendes que no hay capas de pintura que arreglen los desperfectos causados por el tiempo en alta mar y que cada barco hace honor al nombre con el que fue bautizado. Que cuando te llaman Riesgo no puedes tener cuidado y que hay barcos hechos para no atracar dos noches seguidas en el mismo puerto.

También entiendes que para poder hablar del verdadero color del mar hay que aventurarse más allá de la boya amarilla y que a veces el Norte no está donde indica la brújula. Te das cuenta de que hay tablas flotando en medio del océano esperando a que alguien se agarre a ellas y también hay gente que lanza bengalas al cielo esperando a que las encuentren y vengan a su rescate. Sabes que hay causas perdidas que necesitan ser defendidas a pesar de todo.

Y ella lo sabía.

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Aquella noche, en aquel bar de un puerto cualquiera, ella entendió que se me había perdido la esperanza en la última tormenta, que guardaba en el bolsillo un mapa sin tesoro y que hacía mucho que había dejado de escribir en mi diario de a bordo y había decidido saltar por la borda. Supo lo que ni siquiera yo quería saber, comprendió lo que yo no podía explicar y escuchó en silencio lo que mis silencios tenían que decir.

Pobre silencio, lo hemos convertido en la ausencia de ruido. Hemos dejado de escuchar lo que tenía que decirnos por si acaso dolía, buscando frases que lo hagan más llevadero. Pero el silencio suena, ¿sabes? Sí…A veces suena a historias que empiezan y a veces a historias que acaban. El silencio siempre está ahí, aunque nos empeñemos en convertirlo en palabras.

Y ella lo sabía, sí.

Igual que sabía que los cantos de sirena no se pueden bailar y que los lobos de mar sólo aúllan por la Luna. Sabía que la gente como yo sólo sabe navegar, que a veces soy barco, a veces tabla y a veces bengala, pero siempre Riesgo.  Nunca dos noches seguidas en el mismo puerto, recuerda.

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Y como lo sabía, me sirvió una copa en el fondo del mar. Le puso un par de sonrisas cómplices de más y unos cuantos prejuicios de menos. Me recordó que no hay mejor medicina que la mirada de quien no juzga ni pide más de lo que puedes dar.

Que los olmos están hartos de que les pidan peras, que nos empeñamos en vivir novelas y nos olvidamos de la belleza que reside en la brevedad de un poema. Que hay poemas que han sido escritos para ser leídos sólo una vez.

Ella comprendió quién era yo porque sabía quién era ella. Me hizo perder el Norte durante unas horas, pero me explicó dónde estaba el Sur, sin esperar un mañana a cambio. Y cuando sabes que no hay un mañana, todo sabe mejor.

Y por eso siempre será ella.

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ECGXIII.