La caja de cerillas

Podría contarte mil y una historias acerca de cómo Morgan desenterró una caja de cerillas del jardín. Podría contarte que ese día había llovido como si la agencia estatal de meteorología tuviera un pacto con Céfiro y Madrid tuviese complejo de Venecia.

Podría mentirte y decirte que ese día no pasó nada, que esa caja de cerillas no era de mi sitio preferido de Madrid. Podría no decirte que Morgan es mi perro y que todo lo que sé sobre la paciencia y la lealtad me lo enseñó él.  Podría decirte que no hacía meses que no iba aquel lugar y que no decidí llamar a mi otro mejor amigo para ir a tomar uno de los mejores gin tonic que sirven en toda la capital.

Pero mejor te contaré lo que pasó y podría no haber pasado.

Era una noche de julio cualquiera. Recuerdo cómo olía a eso que huele el verano cuando por fin termina de ponerse guapo y se digna a bajar. Recuerdo cómo la brisa se metía por debajo de las faldas que, un año más tarde, vuelven a salir del armario como las velas del más temido barco pirata. Recuerdo no ver a nadie mirando el reloj, porque cuando el sol se queda a la primera ronda de la noche, a nadie le importa qué hora es.

gatsby drink

Los tacones suenan diferente, como si el suelo estuviese deseando que bailasen sobre él. No importa en qué rincón tiras el coche, la gente ríe más alto y las horas se convierten en una sucesión de minutos susceptibles de convertirse en el momento más emocionante de tu vida. Ya sabes a lo que me refiero.

De repente, la mejor noche puede ser cualquier noche, como si el amor más pasional y por ende doloroso de los amores pudiese nacer a la vuelta de cualquier esquina. De pronto la lluvia no tiene nada que hacer contra tus ganas y todos somos valientes y audaces.

Enter

De repente podrías subirte a una mesa a plena luz del día y bailar el You’re the one that I want ooh ooh ooh al más puro estilo Olivia Newton-John. De pronto tu perro se encuentra una caja de cerillas en el jardín y a ti te parece motivo suficiente para salir a celebrarlo. Ah, y dejas de parecerte al fantasma de la navidad pasada.

Recuerdo estar en aquel lugar charlando con mi amigo mientras apurábamos lo que quedaba de nuestras copas cuando el camarero nos trajo la vuelta para poder cerrar la terraza.

Cinco monedas y un billete. Un billete con una palabra escrita en él: Hazlo.

Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.  Hazlo.

Hazlo, vuelve a decirte a ti mismo que, al fin y al cabo, nada es para tanto. Ponte tu camisa con superpoderes. Baila sin querer. Siéntate mientras desayunas. No hay nada que no pueda esperar cinco minutos. Piensa que puede, y solo puede, que hoy salgas un poco antes del trabajo y por fin tengas lo que hay que tener para marcar ese maldito número de teléfono.

telefono

Disfruta del silencio que sólo se oye cuando tu conciencia hace las paces con tus actos y tu insomnio firma su Paz de Westfalia particular. Vuelve a pensar que, a decir verdad, madrugar no está tan mal.

Haz un paso de baile en los pasillos de un supermercado con un bote de mayonesa en la mano y convierte tu plato de ducha en el estudio musical de la orquesta sinfónica de tu voz de gato atropellado. Pregúntale a tu gato cuál de las dos te queda mejor.

Quítale el polvo a la guitarra, a la moto, a tu disco preferido y a ese libro que dejaste a medias porque la realidad de tu vida superaba con creces la mierda de historia esa que se hace llamar ‘triste’ sólo porque el autor todavía no me conoce a mí.

Hazlo. Cómete la vida, tal vez.

Vuelve a empezar de cero entendiendo que, a fin de cuentas, todos somos billetes marcados dando la vuelta al mundo y cambiando el rumbo de la vida de los demás.

Hazlo aunque a ti también te hayan roto las esquinas y te hayan han vuelto a pegar con celo. Hazlo aunque te arruguen para volverte a estirar y seas la cuenta pendiente que se paga años después. Hazlo aunque vuelvas a las mismas manos que un día te dejaron marchar, hazlo incluso sin que esas manos lo sepan jamás. Sé la sorpresa que te encuentras en el bolsillo del abrigo del invierno pasado y no tengas miedo a que te cambien por un puñado de céntimos porque la máquina no admite billetes.

billetes

Podría contarte que si no hubiese llovido Morgan no se hubiese puesto a escarbar y yo nunca hubiese encontrado las cerillas. Podría decirte que si no hubiese sido verano no hubiese llamado a mi amigo y no hubiese salido a la calle y entonces tú no estaríais leyendo esto. Pero eso hice.

Podría recordarte que todas y cada una de las cosas que haces desde que te levantas hasta que te acuestas marcan lo que harás mañana desde que te levantes hasta que te acuestes. Podría decirte que lo que no digas hoy no será igual si lo dices mañana, que la sonrisa que no devuelvas hoy ya no será la misma que devuelvas mañana. Que lo que eres hoy, no volverás a serlo mañana y viceversa. Que no volverá a ser hoy nunca jamás. Que no tendrás veinte años nunca más. Ni treinta, ni cuarenta, ni cincuenta, ni sesenta.

Podría recordarte que existen más probabilidades de morir porque te caiga un coco en la cabeza que porque te ataque un tiburón y que puede que mañana te atropelle un camión y te vayas al otro barrio sin haber cumplido ese “a ver si nos vemos” y sin saber si Doraemon era en realidad un sueño de Nobita.

Coco

Podría decirte que quemes todas las cerillas de tu caja. Que no dejes ni una y, cuando se acaben, pide fuego. Y eso hago.

Hazlo porque ‘todo lo que hagas en la vida será insignificante, pero es muy importante que lo hagas porque nadie más lo hará. Como cuando alguien entra en tu vida y una parte de ti dice: no estás mínimamente preparado para esto; pero la otra parte dice: hazla tuya para siempre.

viktor

ECGXIII.