Girasoles al aire

Hay ciertas cosas en esta vida que nadie va a hacer por ti. Esto es lo primero que he pensado esta mañana al despertarme y, enseguida, me ha venido a la cabeza aquella gran frase del bueno de Orson Welles que todos conocemos bien: “Nacemos solos y morimos solos.”

He de reconocer que por un momento este pensamiento me ha imbuido en unos minutos de vacío existencial, pero después me he dicho: qué puñetas, ¿qué es lo que te asusta de eso?

Nuestra naturaleza es traicionera: somos seres sociales que necesitan de los demás para sobrevivir pero que, al fin y al cabo, deberán enfrentarse solos a las circunstancias más determinantes de su propia existencia. Nadie va a vivir por ti, nadie va a morir por ti, nadie va a decidir qué quieres dejar en este mundo cuando te vayas por ti. Nadie.

Supongo que una vez asumes esto, lo demás es solo perderle miedo al vértigo.

Por muy acompañado que estés, serás tú y solo tú quien le ponga título a la película de tu vida. Serás tú quien elija a las personas que te rodearán en tus momentos más felices y también a las que sostendrán tu mano el día que te tengas que ir.

Este es tu superpoder: tú eliges, chaval.

¿Alguna vez has asistido a tu propio funeral? Ya sé que suena macabro, pero hace tiempo alguien me dijo que, cuando no supiera si estaba en el camino correcto, me imaginara mi funeral.

Y ahí estás tú, o lo que sea que quede de ti cuando te mueres, rodeado de las personas que tú elegiste. Es curioso, la muerte es eso que nos hace a todos iguales.

Y ahí están ellos, despidiéndote en un viaje que tienes que hacer solo porque nadie puede ir contigo. Y ahora dime, ¿qué dicen de ti?, ¿quién fuiste? ¿qué hiciste con el tiempo que te fue regalado?

Cada día tengo una cosa más clara: la vida no nos debe nada. A veces nos cuesta darnos cuenta de eso, ¿verdad? La inercia de los años nos hace dar por hecho que mañana será otro día, que algo bueno que nos merecemos está a punto de pasar, que las cosas malas son siempre injustas y no deberían pasarnos nunca. Parece como si de pronto el universo estuviera en deuda con nosotros, y no es así.

La deuda la tienes tú, y cada vez que se pone el sol tienes veinticuatro oportunidades nuevas para decidir qué coño estás dispuesto a hacer para que tu vida haya merecido la pena, para pintar el lienzo en blanco que te han dado sin que tú siquiera lo hayas pedido, para pasarle tú a las cosas.

Por eso, no quieras morirte sin haberle dicho al mundo quién eres. No desaproveches la oportunidad de elegir cuándo, cómo y con quién quieres sentir el agua del mar en los pies y el viento de frente en la cara. No quieras que nadie elija por ti lo que vas a hacer el resto de tu vida, ni lo que recordarán tus hijos de ti cuando tú ya no puedas serles faro en el camino. No quieras amigos que no te quieran, ni palabras vacías que no dicen nada, ni caminos que lleven a ninguna parte.

Y cuando no sepas por dónde tirar, recuerda a qué has venido aquí. Y cuando las cosas cambien y eso te asuste, abraza ese cambio con todas tus fuerzas y hazlo tuyo. Y cuando vengan tiempos difíciles, sé el abejorro al que nadie le dijo que no podría volar y no te detengas. Y cuando sientas que el frío del miedo te hiela los huesos, grítale girasoles al aire hasta que te conviertas de nuevo en verano.

Porque nadie, absolutamente nadie, podrá nunca hacer todo eso por ti.
Y ese, y solo ese, será siempre tu superpoder.

ECGXIII.

Canción: Hallelujah – Jeff Buckley