De formas abiertas

Solía pensar que el mundo se regía por formas cerradas.

En el colegio me enseñaron que un círculo era redondo, y que un cuadrado era aquella figura geométrica compuesta por cuatro lados iguales. Me enseñaron que las cosas se medían con una regla y un compás y que para encontrar la respuesta a la pregunta bastaba con realizar la suma correcta.

Me enseñaron a valorar aquello que sabía en una escala del 1 al 10, siempre recordándome que para tener éxito en la vida era imprescindible saber por lo menos quién inventó la bombilla y lo que se quiere ser de mayor.

Me enseñaron que mi casa estaba en la dirección que tenía apuntada en el cuaderno de asistencia y que mi familia eran esas personas a las que me hacían dibujar en un folio desde que tenía cuatro años, así como me enseñaron a cumplir una serie de normas escritas por alguien que no se había tomado la molestia de preguntarme si a mí me parecían bien. Me dijeron que un ser humano es un ser racional que necesita 8 horas de sueño por cada 16 de vigilia y que no se puede viajar a la velocidad de la luz.

Me enseñaron que la historia se cuenta en una frisa cronológica y que los órganos del cuerpo humano funcionan de manera conjunta y sin parar desde que nacemos hasta el día que morimos. Me enseñaron a no poner los codos encima de la mesa, a mantener los brazos pegados a mis costados y a coger el tenedor con la mano izquierda y el cuchillo con la mano derecha. Durante años me explicaron que lo natural no era aquello que nos dictan los impulsos sino aquello que, aparentemente, es normal.

Se les debió olvidar decirme que gran parte de todo aquello que me habían enseñado no me iba a servir para absolutamente nada si algún día, por algún casual, tuviese la suerte de vivir de verdad.

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Debieron pasar por alto comentarme que un día te puedes levantar y darte cuenta de que se te han roto las esquinas y que la única manera posible de cerrar tus círculos es tomarte una cerveza con tu mejor amigo, y no utilizando una regla y un compás.

Tal vez fui yo quien faltó a clase el día que explicaron que cuando conoces a tu persona, Thomas Edison y su bombilla no son más que un amateur de la electricidad intentando encender un globo de cristal, porque tú has encontrado la definición gráfica de luz, y encima esa definición habla, camina y sonríe. A veces incluso se enfada.

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Puede que esas personas que me enseñaron a comportarme correctamente en la mesa no supieran que la mejor de las cenas es la que tiene lugar cuando te sientas en el suelo con tus amigos y uno de ellos acaba lanzándote sus patatas a la cabeza. Llenas de mayonesa, claro.

A lo mejor se saltaron esa parte del temario en la que te explican que tu historia se mide por las veces que has sufrido hasta decir basta y por aquellas que has sido tan feliz que podrías haberte muerto ese día y decir bien alto y con todas las letras que eres la persona más afortunada del mundo.

Me imagino que en una de las quinielas que hacía para los exámenes debí descartar el capítulo del libro que dice que esa persona supuestamente mediocre que suspendía hasta el recreo y por la que nadie daba un duro es ahora ese compañero que lleva cinco años encerrado en un laboratorio intentado encontrar la molécula que hará que un día no nos muramos todos de cáncer.

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Seguramente en ese capítulo también era donde ponía que un corazón que late no siempre es un corazón que está vivo, y que un corazón vivo se puede parar fácilmente cuando alguien te mira y te dice que su persona eres tú.

Quién sabe, igual hice pellas justo en la hora en que el profesor por fin decidió confesar que si te pierdes un amanecer en la playa con tus amigos porque tenías que dormir ocho horas es porque eres gilipollas y que tu familia no son solamente tus padres y tus hermanos sino también esas personas que se tirarían debajo de un autobús por ti y que, como las contamos con los dedos de una mano, caben de sobra en el folio.

Seguro que ese día fue el día que dio una clase magistral para explicar que si una de las personas que dibujas en el folio tiene un problema, te ríes de la luz y de su velocidad de viaje. Fijo que la lección de ese día se llamaba “tu casa es donde está tu gente”.

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Igual fue porque odiaba profundamente a mi profesor de matemáticas y nunca presté demasiada atención a lo que contaba, pero me da la sensación de que nadie le dijo a ese señor que lo de que dos más dos siempre son cuatro es una de esas cosas que tendemos a dar por hecho y que un día la vida se encarga de explicarnos que no es así.

Que no, que las obviedades no son tan obvias, que ni los malos son tan malos ni los buenos son tan buenos, que las cosas no son siempre lo que parecen y que tus convicciones son convicciones hasta que te das cuenta de que estabas totalmente equivocado. Así que no señor, dos más dos, no siempre son cuatro y la respuesta correcta no siempre se encuentra sumando.

Todavía a veces me planteo si de verdad querían hacernos creer que viviríamos toda nuestra vida cumpliendo siempre las normas. A lo mejor pensaban que íbamos a dejar de saltar vallas solo porque un cartel nos decía que no lo hiciésemos o a dejar de subirnos a los tejados porque se supone que las personas no deben subirse a los tejados. A lo mejor pensaban que nos íbamos a perder lo que se siente cuando te olvidas de lo que se supone que tienes que hacer y haces lo que de verdad te da la gana hacer.

Quizás se olvidaron de decirnos que la mejor manera de descubrir lo que quieres ser de mayor es ser quien quieres ser en cada momento de tu vida.

A lo mejor la vida es eso que te pasa cuando aprendes que el mundo no se rige por formas cerradas si no por las mil formas abiertas en las que se puede vivir.

ECGXIII.