Madrid, 18:30 pm. Es de noche.
Mierda, va a ser verdad que estamos en invierno.

Salía de uno de esos cursos de tres días a los cuales llegas con la motivación por las nubes y de punta en blanco, con la convicción de que saldrás siendo diez veces más inteligente y profesionalmente un poco más apetecible.

Por supuesto, el único diez son las horas que pasas allí, escuchando a diferentes personas hablando de lo mismo y mismas personas hablando de cosas diferentes. Un follón, vaya.

Conclusión: te duele hasta el carnet de conducir, sales de allí con cara de Power Point, la ropa hecha un higo y rezando todo lo que te sabes para que la Guardia Civil pare el tráfico para ti y llegues lo antes posible a casa. Eso o que la china de los masajes que se pasea por la playa en verano, de cuya profesionalidad siempre has dudado, aparezca de la nada.

Caminaba por el Paseo de la Castellana en busca de un taxi mientras buscaba algo con lo que encenderme un cigarro. Nada, el espíritu de los Power Points ha debido robármelo. Cabrón.

Cuando estaba a punto de agacharme a buscar dos piedras con las que hacer fuego, una mano se extendió ante mis narices, encendiendo un mechero.
Acompañado de un ‘tenga’.

¿TENGA?

Vale, está bien, que no cunda el pánico. En cuestión de segundos mi cerebro hizo un proceso parecido a éste:

“TENGA”=TENGA USTED.

           ¿¿USTED??

Me dieron ganas de mirar al paisano a los ojos y decirle algo así como “¿No te da vergüenza hacerle esto a un ser inocente?”

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Y así empieza la historia de cómo me di cuenta de que me había hecho mayor. Bueno, en realidad es la historia de cómo me di cuenta de que a ojos de los demás era mayor, pero yo me negaba a aceptar que lo era.

Hay quien se da cuenta de que se ha convertido en usted cuando una mañana de domingo nota cómo lo que antes era una simple e inofensiva resaca del quince se convierte en una especie de vía crucis que dura, dura y dura hasta el miércoles. Día que vuelves a salir.

Esto encadena con el jueves y el viernes, y entonces caminar derecho sin parecer un híbrido de Lindsay Lohan y Pete Doherty empieza a suponer un verdadero esfuerzo.

Señor agente, no he bebido ná. Y lo peor de todo es que es verdad: en comparación con lo que bebías antes, no has bebido nada. De pronto, que la policía te trate de usted te ofende. En lo más hondo.

Otro momento que marca un antes y un después es aquel en el que tus padres deciden dejar de hacer por ti todos esos papeleos que ni te habías planteado que existían.

Durante muchos años tendemos a pensar que hay un duende de las facturas que viene a la puerta de casa, recoge el dinero, sella un papel, y adiós muy buenas. El concepto de declaración de la renta nos suena a una de esas declaraciones de amor que hacemos a las cinco de la mañana con un cubata en una mano y la tarjeta de crédito en la otra. El número de la seguridad social es algo así como saber el número de colegas que seguro estarán dispuestos a sacarte a rastras del último antro de mala muerte en el que acabéis el viernes.

Pues NO.

Un bonito día vas andando por el pasillo de tu casa, pensando en el café que te vas a tomar mientras echas un vistazo al periódico, cuando el espíritu de la bata y los rulos (véase tu madre) te lanza un sobre a la cara y te dice: ‘apáñatelas’. No te dice apáñeselas usted porque quedaría raro y porque las madres son más de utilizar nombre completo y apellido cuando quieren dejar las cosas claras.

Entonces tú te agachas, recoges del suelo lo poco que queda de tu infancia y el maldito sobre, y empiezas a experimentar esa sensación de vacío existencial en el que no entiendes por qué no hay un árbol en el jardín que dé billetes, con los que poder pagar a la china de los masajes para que lleve ella el sobre a donde sea que haya que llevarlo. Y todos contentos.

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Pero no queda todo ahí. Hay otro momento peor:

Ese en el que, en mitad de la noche, mientras la euforia te posee, brindas y saltas pisando a todo el mundo y todo es fantástico, le pegas un codazo a el de al lado. Y te das cuenta de que el de al lado es tu hermano pequeño.

Para empezar, todo el dinero que te has gastado en copas va directo a una especie de papelera imaginaria, porque lo mucho o poco ebrio que estés desaparece de golpe. Se te baja la sangre a los pies, como cuando de pequeño te pillaban haciendo algo que estaba mal y parecía que los pozos del infierno se abrían bajo tus pies y sabías de sobra que ibas a pasar calor.

Al principio piensas que ellos son demasiado pequeños para estar allí, que ‘le pienso contar a papá la moña que llevas’ y que qué clase de portero inepto, torpe e incompetente les ha dejado entrar en tus dominios.

Pero después recuerdas que ya no son menores de edad, por lo que el portero tal vez no sea tan tonto. Te acuerdas que a papá le da exactamente igual lo que hagáis tú y tu hermano mientras que no le rayes el coche, no tenga que ir a sacarte de ninguna comisaría y no pierdas las llaves de casa, o la dignidad en caso de que seas una chica.

Y por último miras a tu alrededor y te das cuenta de que ellos no son demasiado pequeños, sino que tú eres demasiado mayor.

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Y entonces piensas algo así como ‘madre del amor hermoso’, mientras notas como un ejército de canas invade tu cabeza y los gallos con sus patas van a parar a cada lado de tus ojos. Por un momento te ves claramente subido en el autobús del jubilado, jugando al cinquillo y bebiendo Chinchón.

Así que una vez más te vuelves a agachar, recoges tu amor propio del suelo y le dedicas una mirada de niño huérfano al más puro estilo Oliver Twist a toda esa gente.
Y sales de la discoteca.

Te pones a andar en busca de un taxi y, mientras intentas no colocarte el cigarro del revés, alguien estira la manita y te ofrece fuego.
Por supuesto, tenga ustedEncima.

Definitivamente, te has hecho mayor. No puedes seguir negándolo aunque quieras. Lo bueno es que después de la crisis existencial te das cuenta de que tiene sus ventajas. Pero de eso ya hablaremos, hay que tomarse un tiempo para despedirse de Peter Pan.

Ya veis, todo esto por querer encenderme un cigarro.
Voy a tener que dejar de fumar.

dean

ECGXIII.