La Tabla Redonda y unas copas de más

Suena tu móvil. El maldito Whatsapp. Ese sonido tan…irritante. Desde luego si tienes un Iphone seguro que sabes de lo que hablo. Y si no también, que aquí bebemos todos.

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Sales de tu coma-etílico-profundo y empiezas a sentir un dolor de cabeza profesional, como si el tío de Bricomanía estuviese construyendo una cabaña a los pies de tu cama con Arguiñano de fondo. Recuerdas vagamente la noche anterior. Recuerdas que mientras agarrabas el bolso con los dientes, los tacones con una mano y con la otra intentabas acertar en la cerradura de casa (las puertas deberían abrirse con reconocimiento de huella dactilar los fines de semana) y le hacías señas de controlador aéreo a tu perro para que no ladrase y despertase a todo el vecindario, se te olvidó poner el móvil en silencio.

La simple idea del modo en el que vas a perder vida esa mañana si te despiertas del todo hace que, con un movimiento profesional, hagas la croqueta hacia el otro lado de la cama, intentando alejarte lo más posible de ese aparato infernal mientras te acuerdas de Steve Jobs y de toda su familia.

Pero nada. Vuelve a sonar. Lo siguiente que se te pasa por la cabeza son distintas maneras de asesinar lenta y dolorosamente al desgraciado o desgraciada que esté teniendo la osadía de escribirte un domingo a la una de la tarde. ¿Qué coño es tan importante que merece ser escrito a semejante hora imprudente?

Al cabo de diez minutos, cuando has conseguido (a duras penas) despegar tu lengua del paladar y que el poco agua que le queda a tu cuerpo vuelva a tu boca, te giras hacia la mesilla y alargas la mano. Después de chocarte con la lámpara, las llaves, la camiseta de ayer y demás artilugios que van a parar a una mesilla tras una larga, muy larga noche de fiesta…tienes el móvil en la mano.

-Estoy volviendo a casa
-Ayer acabé con él
-Otra vez…

De vuelta a casa de madrugada, todo lo que digas y la forma en que lo digas no importa…Que yo quiero bailar, solo quiero bailar, solo quiero olvidar toda esta situación”…Empieza a sonar en tu cabeza. O eso, o el Ups!I did it again, de Britney Spears. Tú verás.

Sí, es tu amiga. Desgraciadamente, tienes la fea costumbre de tener amigas.

La clásica amiga que te escribe un domingo a la una de la tarde, a sabiendas de que la noche anterior te bebiste hasta el agua de los floreros con una pajita que le robaste a alguien porque correr el riesgo de pillar la mononucleosis te pareció interesante, intrépido y excitante.

Pero esta no fue tu única hazaña,  también vacilaste a todo guiri tostado que se te puso por delante, te inventaste el nombre del camarero y le trataste como si fuese tu primo, hiciste un amago de subirte a la barra a bailar la primera horterada que sonó, le tiraste el Gin Tonic al chico con patillas, traje y castellanos que tenías al lado y acabaste parando un taxi haciendo la señal del S.O.S. con unas gafas luminiscentes que le compraste al chino que las vendía buenas, bonitas y baratas a la salida de la discoteca.

La misma amiga que piensa que tu sistema psicomotor está a punto para, a la una de la tarde y con una resaca de esas que juras y perjuras por el honor de tu abuela que nunca más volverás a probar el alcohol, ejercer de Doctor Amor. ¡Como si tu si te acordases de cómo has llegado a tu casa!

                                                             

 Es entonces cuando te planteas varias opciones:

Opción A: Apagar el móvil y hacer como que aquí no ha pasado nada.

Opción B: Contestar algo así como: “Me trae al pairo”

Opción C: Escribir a otra de las amigas que figuró en el equipo de la botella de ron invencible la noche anterior (y que probablemente aún siga en un estado de coma profundo) para decirle que se ocupe del asunto.

Opción D: En caso de que esa mañana tengas la misericordia subida y quieras ser una buena amiga: Levantarte, ir al grifo más cercano, poner el tapón del lavabo, dejar que se llene de agua fría y meter la cabeza en él en intervalos de siete segundos hasta que la sangre empiece a circular por tu cerebro. Después ir a la cocina para, con los movimientos dignos de un ninja, recolectar alimentos apetecibles para llevarlos de nuevo a tu guarida y así esquivar las lentejas de tu madre. (Nadie quiere comer lentejas un domingo de resaca, pero eso es algo que las madres aún no han entendido ni entenderán en los siglos venideros). Una vez en tu cuarto, volver a coger el móvil y prepararte para lo que va a ser un largo domingo de noviazgo.

                                                                                     

 Tres horas más tarde tu casa se ha convertido en Camelot y tú en el rey Arturo y la mesa de tu salón en la Tabla Redonda versión emergencia. Tus cuatro amigas de turno empiezan a desfilar por el pasillo de tu casa, cada cual con unas gafas de sol más grandes y acompañadas por sus amigos Font Bella, Lanjaron, Solan de Cabras y AquaBona.

Y aquí es cuando tiene lugar uno de los grandes fenómenos de la humanidad: Cinco mujeres permanezcan seis horas sentadas en el mismo sitio hablando de un solo tema de conversación. Y si tu pregunta es si no se cansan de rajar, la respuesta es NO.

Matemáticamente, si dividimos seis horas entre cinco, cada una hablaría durante aproximadamente 1 hora y pico. Pero no. En la realidad esto no sucede así. ¡Ojo!

La afectada principal (no vayamos a pensar que las demás no son afectadas, porque los daños colaterales son clara y evidentemente reales. Si no cada una estaría pasando su resaca en su cama y aquí paz y después gloria) tarda una media de tres horas en narrar los hechos acontecidos la noche anterior.

Claro, los acontecidos la noche anterior, y los antecedentes de hecho. Porque todo hay que enmarcarlo en un contexto (de repente descubres que, cosas de la vida, tu amiga no acabó en casa de fulanito por arte de magia sino que la historia trae cola. Nunca mejor dicho.) Esto deja a las cuatro amigas restantes con un turno de unos cuarenta minutos cada una.

Pero otra vez, no es así.

No nos olvidemos del mensajito de Whatsapp del susodicho que suele caer sobre las ocho de la tarde (los hombres tardan más en resucitar del mundo del J&B). Este acontecimiento, sea cual sea el contenido del mensaje, ocupa al menos una hora de la intensa reunión. Si, nos reímos de Obama, del despacho oval y de todas las reuniones de Estado. Ni la CIA.

Una simple línea de Whatsapp es igual a una hora más de reunión. Como el chaval se despierte animado de aquí no se mueve nadie hasta el domingo que viene.

Aquí se hace un análisis exhaustivo de cada una de las palabras, puntos y comas contenidos en el mensaje. Se descifran todos los sentidos ocultos posibles, habidos y por haber y se hace una reinterpretación a raíz de la cual se elabora una respuesta también repleta de mensajes implícitos que, obviamente, el tipo que lo recibe nunca llegará a comprender.

Porque claro, tras siglos de evolución, todavía no hemos entendido que cuando un hombre dice “vaya resaca”, en realidad sólo quiere decir que tiene una resaca probablemente más dolorosa y agonizante que la tuya. Y no, no quiere decir “ven-a-mi-casa-a-hacerme-una-manzanilla-y-a-acurrucarte-conmigo-en-el-sofá”. Pero oiga, así somos. Y así seremos.

Después de haber valorado las diferentes opiniones de las presentes en la reunión, unos cuantos cigarros y cafés más tarde…Llega la famosa pregunta: ¿Qué piensas hacer ahora? Bueno, esta pregunta siempre tiene la misma primera respuesta: “No lo sé”. La siguiente es algo así como: “Pasar del tema. No quiero saber nada más. No me habléis de él.” Y después: “Si me quiere escribir que me escriba pero yo no pienso hablarle por nada del mundo”. Y luego…: “¿Y si le pongo que el jueves hacemos copas y que si quiere venir con sus amigos?”. Y por último: “¿Cómo queda mejor: “El jueves hacemos unas copas, vente si quieres” o “El jueves hacemos unas copas. Vente. Si quieres…?”

Y así sucesivamente.

Lo que sí está demostrado es que al final, después de todo esto, tu querida y dulce amiga, la cual te ha despertado y te ha hecho levantarte de la cama, a ti y a las otras tres, suele hacer una cosa:

Lo que le da la puta gana

Si, tal cual. Al angelito le importa un huevo lo correcto. Igual que tampoco importa el esfuerzo sobrehumano que has tenido que hacer para poder construir frases coherentes durante toda la tarde del domingo. A ella plin.

Es fácil pensar entonces que el domingo ha sido en balde. Que hubiese sido más productivo tumbarse en el sofá con un kilo de helado de Ben&Jerry’s de tarta de queso al son de Quique González, Mumford&Sons, Tracy Chapman y La Fuga mientras el correspondiente bodrio de Antena3 en el que la viuda se enamora del jardinero ex-convicto responsable del asesinato del pastor del condado hace más llevadero el hecho de refrescar cada cuarenta segundos todas las redes sociales que tienes en tu móvil sin que aparezca ninguna novedad porque TODO HIJO DE VECINO ESTÁ HACIENDO EXACTAMENTE LO MISMO QUE TÚ (a excepción de seres pertenecientes a otra dimensión como SeñorDador, Jorge Bustos, LoMejorDeFB, ifilosofia y cuentas semejantes de las cuales aún no se ha demostrado que el dueño pertenezca a una raza conocida)

Pero lo cierto es que no es así. No tenemos la sensación de haber perdido el tiempo, sino la sensación del tiempo mejor invertido. ¿Que por qué? Tal vez esa sea la pregunta que no tiene respuesta. A lo mejor es porque así somos. Y así seremos.

ECGXIII.