Existe una clase de personas capaces de materializar nuestros
recuerdos, de hacernos viajar al pasado durante unas horas.

Ella, en concreto, era capaz. Estaba al lado de la máquina de tabaco y tenía los ojos verdes. De un verde que se vuelve más claro cuando llora y más oscuro cuando se enfada. Ella sabía quién era, pero no quería que nadie más lo supiera. Era esa clase de chica que desde el principio sabes que traerá problemas, pero que te hace sentir valiente. Era un huracán. Mezclaba pasado y presente todo en uno, con fuerza, por un momento.

De pronto, sin darte cuenta, vuelves al patio del colegio. Vuelves a sentir como tu cuerpo no puede parar de agitarse sobre la silla mientras esperas impacientemente a que ese reloj tan pesado marque la hora señalada y acto seguido suene la campana del recreo. Coges tu bolsa de canicas, que en ese momento es tu bien más preciado, y te lanzas al patio. Abres la bolsa, y ahí está tu canica preferida. Esa canica que se deja atravesar por la luz, con una forma perfectamente redonda, que te costó tanto ganarle a ese chico tan raro de un curso más. Tu canica verde, y preferida.

canicas

Mientras la miras a ella jurarías que oyes los gritos de tus compañeros, vuelves a notar las manos con ese tacto extraño que se queda después de hacer arena fina. Y piensas que seguramente sentirías lo mismo si la tocases a ella.

Y se acerca un poco a ti. Igual que tú, cuando ibas a hacer la compra con tu madre, lo cual era la peor de las torturas, y te acercabas a la estantería de las chucherías para ver si así, tu madre se apiadaba de ti y te compraba esos Peta Zeta que todos tus amigos comían y a ti te habían prohibido por la ortodoncia. Por la ortodoncia y porque luego te pasabas una semana vomitando todo lo que comías.

En realidad no la conoces de nada y en cierto modo la odias. La odias porque sabes que si sigue acercándose vas a tener demasiado calor. El mismo calor que cuando, en pleno invierno y mientras tu padre libraba la más dura de las batallas para que te pusieses los guantes y el pasamontañas tú sólo querías acercarte a la chimenea. Nunca te dejaban acercarte a la chimenea, porque era peligroso. Y tú sabes que esto también lo es.

De repente suena otra canción, y cambian los ánimos. Todo tu alrededor, como si alguien hubiese tocado un botón, empieza a moverse de forma diferente, pero al mismo ritmo. Y tú sabes que tienes que hacer lo mismo. Hay que mantener el ritmo, no puedes romperlo, no puedes dejar que ella te vea romperlo.

Y vuelves a mirarla. La miras como mirabas aquel cómic de Superman desde el otro lado del escaparate. Preguntándote cuál de tus amigos conseguiría tenerlo primero, cuántos de ellos ya lo tendrían y cuánto tendrías que esperar tú para sujetarlo con tus manos.

De pronto parece que las distancias se acortan. Que ella está cada vez más cerca. Su hombro roza el tuyo de una manera nada accidental. Sabes que queda poco, pero se hace largo. Te sientes como en la parte de atrás del coche, con el cinturón abrochado y las piernas que aún no te llegaban al suelo, mirando por la ventanilla y preguntando cada cinco minutos si queda mucho.

ventanilla

Y entonces ves el mar, a lo lejos,  y su boca cada vez más cerca.

Y puedes sentir, como si estuviese pasando en ese mismo instante, el momento en que una fría mañana de invierno, tras toda la noche en vela, te acercaste a aquel paquete envuelto en papel de regalo y mientras lo abrías podías ver escrito GAME BOY en la caja y sabías que ya tenías entretenimiento para el resto de las navidades. Ya era tuya, ya la tienes.

Mientras bailas con ella, en ese juego de miradas y vueltas sin parar, vuelves al parque con tu peonza. Con esa peonza que tardaste meses en conseguir hacer girar de una manera medianamente decente y sin que el resto de niños se riese de ti. Ahora sí sabes cómo hacerla girar. Sabes hacerla bailar. Y ella baila. Baila para ti.

Un par de copas más tarde sales de la discoteca con ella de la mano. Y te vuelven a sudar las manos como cuando esa amiga tan guapa de tu hermana mayor con la que tú estabas convencido de que algún día tendrías quince hijos te cogió la mano para cruzar la calle y te dio un beso en la mejilla una vez al otro lado, lo que para ti marcó un hito en la historia y fue la temática principal de tus sueños de infancia.

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Llegáis hasta tu coche y mientras le abres la puerta (porque la ocasión lo merece, no es que lo hagas a menudo), la canción del anuncio del Super Garaje de Micro Machines suena en tu cabeza. Bueno, eso y todas las canciones de la granja de Play Mobil juntas porque la ginebra que te acaban de dar era en realidad la pócima secreta contra las cucarachas.

Te bajas del coche con la misma seguridad, aplomo y jodidos nervios que la primera vez que tus padres te dieron una copia de las llaves de casa y te dejaron ir sólo al centro comercial con tus amigos. Oh, si.

Y cuando te quieres dar cuenta estás con ella en tu habitación. Con ella y sus ojos verdes con complejo de DeLorean  Estás a punto de subirte a la lanzadera del parque de atracciones por primera vez en tu vida. Porque por fin, después de muchos Petit Suisse, has conseguido que el señor que se encarga de los mandos te diga que ya eres lo suficientemente alto. Y allá vas, con todas tus ganas, a vivir uno de esos ratos que a uno no se le olvidan en mucho tiempo.

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Pero las mañanas siguientes siempre llegan, y el sol tiene la mala costumbre de volver a salir. Y mientras sale el sol, ella sale de tu casa, con el mismo silencio con el que empiezan los días.
Como el día que tu padre entró en casa con un cachorro que tenía todas las características necesarias para convertirse en tu mejor amigo y con el cual llevabas soñando desde que viste a Bart Simpson con el pequeño Ayudante de Santa Claus, pero que tras una noche sin parar de llorar y habiendo destrozado todas las alfombras de tu casa, tu madre le dijo a tu padre que o el perro o ella. O mejor, no perro y cama o si perro y sofá hasta el fin de los tiempos. Y tú, con el ánimo por los suelos y destinado a ser el fiel compañero de las tortugas, periquitos, peces y demás animales sin gracia, veías al cachorro salir por la puerta de casa. Para no volver nunca más.

The girl in my Dreams

Y no, por aquel entonces tú todavía no sabías ni lo que era un móvil. Y probablemente ahora tampoco lo quieras saber. Sólo sabes que ella existe, que ha pasado por tu vida como todas esas otras cosas, no para quedarse, sino para recordarte por qué hay momentos que merecen ser recordados, por qué las cosas llegan, nos llenan, y luego se van.

Porque esa clase de personas están hechas para eso, para recordar. Como los huracanes, como las canicas. Como tu canica preferida.

ECGXIII.